Intervención de Jean-Yves Le Drian en la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en fórmula Arria con motivo de los 75 años del fin de la Segunda Guerra Mundial en el territorio europeo (videoconferencia, 8 de mayo de 2020)

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Me gustaría dar las gracias a Urmas Reinsalu por haber tomado la iniciativa de convocar esta reunión.

Queridos amigos:

Yo pertenezco a una generación nacida justo después de la Segunda Guerra Mundial, en una Europa en ruinas, aún azorada por la tragedia que no había sabido conjurar. Una generación para la cual el diálogo y la cooperación entre las naciones eran, claramente, el único camino posible. Una generación que, desde hace setenta y cinco años, ha visto el mundo cambiar varias veces, y que siempre se ha esforzado por actuar aprendiendo del pasado. Una generación de europeos que también ha visto el dolor de una Europa dividida durante casi 50 años y que finalmente supo reunificarse en torno al derecho y la recuperación de la libertad colectiva.

Este 8 de mayo, me gustaría explicarles lo que esos setenta y cinco años significan para mí hoy en día desde el punto de vista de la estabilidad y la seguridad internacional, y por qué deseamos refundar el orden mundial establecido después de la Segunda Guerra Mundial, inspirándonos en el espíritu de la Conferencia de San Francisco en lugar del de Yalta.

Sin por ello pretender contar la historia. Yo soy un responsable político, no un historiador. Y sé que confundir los registros es arriesgarse a caer en la instrumentalización, incluso en la reescritura del pasado, que solo sirven para absolverse de las propias responsabilidades o para sembrar la discordia —lo que, además, suele ir de la mano—. Ahora bien, solo si respetamos la objetividad de los hechos, lo que no excluye la diversidad de las memorias, podremos extraer juntos lecciones de nuestra historia común.

Desde 1945, hemos aprendido en primer lugar que el mejor garante de un orden internacional estable es un multilateralismo fuerte, es decir, un multilateralismo vivo.

Si las instituciones, las normas y los instrumentos del multilateralismo se estancan, si dejan de estar en sintonía con la realidad y sus urgencias, entonces se ponen en tela de juicio. La fuerza del sistema de las Naciones Unidas es haber sabido siempre transformarse para adaptarse a la evolución del mundo. Desde 1945, se han hecho numerosas reformas. Pienso, por ejemplo, en la puesta en marcha de las operaciones de mantenimiento de la paz, en el desarrollo del instrumento de las sanciones o en el establecimiento de jurisdicciones penales internacionales.

Por tanto, defender el orden multilateral hoy en día, como lo hace Francia, como lo hace Europa, no significa defender el statu quo. Al contrario, significa reinventar constantemente nuestros métodos de trabajo y nuestros mecanismos de acción, para que el multilateralismo jamás sea débil, como lo fue en el período de entreguerras.

Esto cobra aún más importancia teniendo en cuenta que actualmente estamos observando un aumento de la violencia en la vida internacional que debe alarmarnos. Por consiguiente, es urgente volver a las normas establecidas, en 1945, por la Carta fundacional de nuestra organización: la regulación por el derecho de todo uso de la fuerza, con el único objetivo de velar por la seguridad colectiva, que vincula la seguridad de cada uno a la seguridad de todos.
Tal es el propósito de nuestros esfuerzos, en Europa, por restablecer en nuestro continente una arquitectura colectiva de seguridad y de confianza. A fin de resolver los conflictos «congelados». A fin de limitar el riesgo de escalada accidental. A fin de poner en práctica los diez principios clave adoptados en Helsinki y reafirmados en París, hace casi treinta años, y que no han perdido nada de su pertinencia.

Y es la preocupación la que debe guiar a nuestro Consejo, para responder a los desafíos de la actualidad: el desafío del terrorismo, el desafío de la violencia contra los civiles, los desafíos de la proliferación. Es la preocupación la que debe guiar a nuestro Consejo para luchar contra la impunidad, para combatir las desigualdades, que debilitan a las sociedades y las exponen a la violencia. Y, puesto que la crisis del coronavirus intensifica las amenazas a la seguridad colectiva, para que podamos, sin más demora, apoyar claramente el llamamiento del secretario general a una tregua humanitaria en todos los conflictos armados.

Finalmente, lo que retengo del viraje de 1945 es que los Aliados no esperaron la victoria del 8 de mayo de 1945 para trazar los contornos de un nuevo orden multilateral: la declaración de las Naciones Unidas se remonta a 1942; la conferencia de Bretton Woods tuvo lugar en 1944. Porque las salidas de crisis exitosas son aquellas que se preparan —y que se preparan conjuntamente—.
Por tanto, mientras seguimos luchando para hacer retroceder la pandemia, debemos comenzar, desde hoy, a construir «el mundo del después», empezando, por supuesto, por el fortalecimiento del multilateralismo sanitario, relacionado también con los demás bienes públicos mundiales como la biodiversidad y el clima.

Como dijo Timothy Snyder, cuya intervención me gustaría saludar, «la historia no se repite, pero nos instruye». Sepamos, colectivamente, aprovechar sus enseñanzas.

Muchas gracias.

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