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La sombra de Samuel Beckett

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Retrato del escritor, 19 KB, 400x312

Retrato del escritor en 1989, veinte años después
de haber sido galardonado con el Premio Nobel.


El centenario del nacimiento del autor de Esperando a Godot se celebró en 2006 en Irlanda, su país de origen, y en Francia, donde Samuel Beckett pasó 50 años de su vida.

Una experiencia de la tragedia contemporánea
Teatro del absurdo

Samuel Beckett se impone como una luz para entender nuestra modernidad. Su ecléctica obra, compuesta de novela, teatro, poesía, cine e incluso textos radiofónicos fue coronada por el Premio Nobel de Literatura en 1969.

Su obra, espejo de un mundo sin referencias surgido de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial y herramienta de exploración de este vacío, impacta paradójicamente por su coherencia, entregada a la idea del de-samparo e incapacidad humanos de ir hasta el final de su búsqueda de sentido. Su obra brilla por la belleza trágica de sus personajes, reducidos a sus defectos y enfrentados a los abismos interiores que ni Dios, ni ningún ideal, ni ética de la acción puede colmar.

Una experiencia de la tragedia contemporánea

Para numerosos especialistas, esta experiencia de la tragedia contemporánea que el escritor franco-irlandés construyó de libro en libro, encuentra sus raíces en su infancia. Nacido en una familia burguesa de las afueras de Dublín en pleno cambio al siglo XX, el joven Sam creció entre un padre vividor y una madre que sufría insomnio y neurótica que se creía "habitada por un resucitado" y que alternaba "demostraciones de amor y de rechazo hacia sus hijos", escribe Charles Juliet, autor de un emotivo Encuentros con Samuel Beckett (Ediciones Siruela, S.A). Sin duda para escapar de este dolor, Beckett abandonó muy pronto la casa familiar para instalarse en Londres y más tarde en Francia y en Alemania, antes de instalarse definitivamente en París, en 1937.

En aquella época quería escribir. Durante una de sus largas estancias en la capital francesa, en concreto en su papel de lector de inglés en la Escuela Normal Superior de la rue d’Ulm, se hizo amigo de su compatriota y mentor James Joyce, quien sería su modelo en la escritura, como también lo sería Marcel Proust, sobre quien el joven Beckett escribió un ensayo de gran lucidez crítica. En 1937 compuso Murphy, su primera novela, publicada el año siguiente en Londres , y Watt, que no se publicó hasta los años sesenta.

Aquellos primeros escritos ya presentan búsquedas personales, condenadas de antemano, que desembocan en la alienación y en la muerte. Los personajes se desplazan entre sus excesivos interrogantes y la vacuidad del mundo.

Con la publicación de la trilogía Molloy (1951), Malone muere (1952) y El innombrable (1953), fábulas más que novelas, pone fin a la narración tradicional. Los personajes ya no son entidades psicológicas, sino voces sin nombre. Las historias se reducen, como en los cuentos, a cadenas de situaciones: espera, ausencia de rumbo, alejamiento.

Entre tanto, Beckett tomó la decisión de escribir en francés, sin duda para alejarse aún más de los orígenes que representa su lengua "materna". Una decisión con gran impacto en su escritura. Alejado de las referencias automáticas y de las fórmulas estereotipadas, el lenguaje puede partir desde cero para adaptarse mejor al mundo sin sentido que Beckket quería pintar. "Si Corneille utilizaba 6.000 palabras y Racine 1.500, ¡Beckett se limitaba a 750!" decía el hombre de teatro Jean-Louis Barrault.

Teatro del absurdo

Si las críticas asocian de forma instintiva Beckett a los grandes autores dramáticos es porque fue el teatro lo que le dio verdaderamente a conocer fuera del círculo reducido de conocedores. Esperando a Godot, presentada por primera vez en 1953 en un pequeño teatro de París, anunció la emergencia del "teatro del absurdo" por su austeridad escénica y por su parodia de la condición humana contemporánea. Fin de partida (1957), Los días felices (1961), Comedia. cascando palabras y música (1963) confirmaron la fuerza de una escritura teatral decididamente moderna que se apoya tanto en los símbolos visibles de la decadencia (padres en una basura, héroes inmovilizados en vasijas, mujer enterrada viva) como en preceptos filosóficos invisibles, cuya lenta toma de conciencia deja al espectador aturdido.

Tirthankar Chanda
Universitario y periodista

La batalla de Godot

Esperando a Godot fue la obra que dio a conocer a Beckett. Se presentó por primera vez en un pequeño teatro de París, y el éxito tardó en llegar. Poca gente asistía a las primeras representaciones, hasta el día en el que, cansados de asistir durante una hora a intercambios de palabras sin pies ni cabeza y sin que nada en apariencia ocurriera en escena, algunos espectadores pasaron a las manos. El escándalo, recogido por la prensa, suscitó la curiosidad de los aficionados al teatro y terminó con el triunfo de la obra, que permaneció en cartelera durante más de un año. Desde entonces se ha presentado en Francia en varias ocasiones y ha sido traducida en más de 50 idiomas, convirtiéndose en un clásico de teatro mundial.

La obra se compuso en una época en la que Europa salía de una guerra apocalíptica que había devastado vidas y ciudades enteras, pero sobre todo había destruido, quizá para siempre, las esperanzas humanistas sobre las que la civilización occidental se había construido. Esperando a Godot se percibió muy pronto como la representación del desesperanza metafísica del hombre contemporáneo. La crítica de hecho no se equivocó sobre el significado profundo de este drama, como muestra el comentario de Jean Anouilh resumiendo al día siguiente de la representación la tarea beckettiana en las columnas del diario Le Figaro: "¡Los pensamientos de Pascal llevados a sketch y representados por los "Fratellini" (célebres payasos de la época)!".


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