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Acción exterior

Representación

Según el convenio de Viena del 18 de abril de 1961 y el decreto del 1 de junio de 1979, la primera función del jefe de misión diplomática consiste en "representar el Estado que acredita ante el Estado acreditado". Pero esta frase no tiene sólo un sentido.

El embajador representa a toda Francia

En los orígenes de la diplomacia, el embajador representaba a su soberano ante otro soberano. Es lo que explica los honores que se le siguen rindiendo y que se dirigen no a su persona, sino a su país. Hoy en día, el jefe de misión sigue siendo en el país de residencia la imagen de su jefe de Estado. Pero en régimen democrático esto significa que representa no sólo a su gobierno sino también a toda Francia, en su unidad y su diversidad. Es por qué, en la tradición francesa, se considera que el embajador no tiene pertenencia política. Representar a su país también significa que siempre hay que estar dispuesto a asumir todo lo que en él ocurre, sobre todo lo que puede suscitar críticas en el país anfitrión. Esta responsabilidad puede conllevar el riesgo de enfrentarse a manifestaciones, a medidas vejatorias, a la amenaza de ser tomado como rehén e incluso de servir de blanco a eventuales ataques. Representar significa finalmente ofrecer la mejor imagen posible de su país, en público y en privado, pues el jefe de misión siempre está en representación. Esto no significa que no pueda vestirse de otra forma que de etiqueta. Al contrario, en muchos países, el embajador suele usar mangas cortas, y si practica rugby representará dignamente a su país jugando al rugby...¡a condición de jugar bien!

"El embajador representa al presidente de la República, al gobierno y a cada uno de los ministros."

Decreto del de junio de 1979.

La función de representación va mucho más allá del sentido mundano que a menudo suele dársele. Es sinónimo de responsabilidad y ofrece ocasiones privilegiadas de comunicar.

El embajador tiene un papel de representación ante la totalidad del país anfitrión

El jefe de misión representa a su país ante el Estado acreditado, es decir, ante el gobierno o, en el caso de una organización internacional, ante los órganos directores y los otros jefes de misión. En el segundo caso, su tarea de representación es menos pesada. Pero en una embajada se dirige en general a todo el país, puesto que en régimen democrático se supone que cada ciudadano contribuye más o menos a la elaboración de la política extranjera. Por consiguiente, el embajador debe procurar ver al máximo de gente posible, mostrarse en todas partes y en todos los medios. Esto le resulta fácil, en la medida en que recibe muchas invitaciones; pero tendrá que elegir entre aquellas que generen contactos útiles y aquellas que, al contrario, cuenten con él para aportar credibilidad a algún evento que carece de ella. En democracia, el embajador suele mantener contactos regulares con la oposición. En los países en que ésta está condenada a la clandestinidad, el embajador se encuentra ante un dilema. No puede desconocer a los opositores que el día de mañana pueden convertirse en gobernantes y que a veces ya cuentan con su simpatía. Pero tampoco debe exponerse a que las autoridades lo acusen de fomentar la subversión, lo que constituye una infracción en cuanto a su estatuto diplomático. Hay que encontrar las soluciones en cada caso por separado. La regla de oro es que el diplomático actúe con toda transparencia.

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