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Viaje a los más bellos pueblos de Francia

Los “más bellos pueblos de Francia” son lugares del patrimonio nacional francés milagrosamente preservados, remansos de cultura y de emoción que esconden tesoros de la tradición y del arte de vivir a la francesa, vivos y activos. Desde las mesetas del Norte al mar Mediterráneo, Bretaña o Alsacia, País Vasco y Aquitania, basta tomar algún atajo para descubrir estos lugares excepcionales: pueblo en forma de abanico, pueblo adosado a un acantilado o a un valle, pueblo escondido en uun meandro de uun río, a los pies de un imponente castillo o en el fondo de una garganta salvaje, pueblo romántico, a la sombra de los cipreses, rodeado de lavandas, de montes y de viñas, pueblo de colores deslumbrantes, pueblo entre tierra y mar o salido de las aguas...Así, 148 municipios que han quedado al margen de los grandes ejes de desarrollo y de comunicación tienen su propio sello, inquietas por preservar y promover su especificidad.

Charles Ceyrac, antiguo alcalde de Collonges-la-Rouge, creó en 1982 la asociación “Los más bellos pueblos de Francia” para preservar y promover el patrimonio de los pequeños municipios. La asociación ha fijado numerosos criterios de selección exigentes, para apoyar la legitimidad de su sello de calidad. “A los tres criterios básicos, esto es, una población inferior a 2.000 habitantes, la aceptación colectiva de la municipalidad y la posesión de al menos dos lugares clasificados como patrimonio nacional, se añade una política de preservación del paisaje, que debe concretarse en el plan de ocupación del suelo”, explica Maurice Chabert, presidente de la asociación y alcalde de Gordes (Vaucluse, al sur de Francia).
Y es que Francia tiene verdaderas joyas escondidas, lugares de emoción y de memoria que invitan al paseo y al descubrimiento.

A los pies de las legendarias montañas de Axuria de Rhune, Sare (región de Pirineos Atlánticos) vibra a ritmo de sus fiestas. Fiel a las tradiciones vivas en el País Vasco, alberga casas que datan de los siglos XVI y XVII. El pueblo también tiene un patrimonio arqueológico muy rico, con cinco grutas. A sólo algunas manzanas, en una unión entre el verde de sus colinas y los tonos rojo y blanco de las fachadas, Ainhoa arbora los colores de su región. La casa Clarence, con su cara vasca, conserva el acento gascón.

Monpazier (Dordoña), reina entre las 300 casas de campo del gran suroeste, importante por sus 32 monumentos históricos, está en un estado de conservación ejemplar. En siete siglos después de su creación por Eduardo I de Inglaterra, sólo ha desaparecido el muro de protección. La visita recorre callejuelas ornadas con ojivas y ventanas del Renacimiento. Resulta difícil seleccionar y saber por dónde empezar, entre tantos lugares excepcionales. No muy lejos de allí, el paisaje de Montflaquin (Lot-et-Garonne) sigue siendo, como escribía Stendhal, “el mismo de una pequeña Toscana”.
En dirección hacia Aveyron, las casas de Belcastel se acurrucan a los pies del castillo siguiendo la curva del río. Un poco más lejos se adivina Conques, etapa de peregrinaje hacia Santiago de Compostela y su magnífica iglesia abacial, que esconde un doble tesoro de escultura y orfebrería romanas. Sus bóvedas albergan 250 capiteles, magnificados si cabe por la luz de los ventanales contemporáneos de Pierre Soulages.
En lo alto de una escarpadura, cuyas aristas se perfilan al fondo de un acantilado, domina Saint Cirq Lapopie (Lot). Escondida en un meandro del río Lot, Saint-Cirq sigue siendo un lugar de una rara armonía entre el pueblo, su arquitectura y sus paisajes. Artistas y escritores sucumben a la magia del lugar, al que el poeta Henri Breton le dedicó una tarde de 1950 este homenaje: “una rosa imposible en la noche”.
Al contrario, Autoire se distingue por sus palomares cuadrados y sus fachadas salidizas que se codean con las torretas de sus casas solariegas. Al igual que Carennac, a orillas de Dordoña, frente a la isla Calypso, conocido por sus casas de estilo Renacimiento y ventanas esculpidas.

Desde el lado del océano, la atmósfera yodada de Barfleur (Mancha), abierta al mar, incita a descubrir el primer puerto de Cotentin de la Edad Media. El visitante deambula a través de sus lloviznas marinas a lo largo de las casas de la corte de Sainte-Catherine (siglo XV) o del burgo, de un granito que hace el encanto austero de Barfleur. En Charente-Maritime, la península de Talmont, rodeada de murallas, es una nueva escala al borde de la región de Gironde. Su soberbia iglesia romana, dedicada a Santa Radegonde, vela por la inmensidad del estuario más grande de Europa.
El paseo es igual de tónico en el lado de Bretaña. Locronan, joya del arte ojival bretón, todavía está habitado por el recuerdo de los cultos a druidas. En cuanto a Saint-Suliac, situada entre mar y tierra en un paisaje muy bien preservado, ofrece un panorama grandioso en la Rance.

De paso por Saboya, en los Alpes franceses, al fondo del valle de Alta Maurriene, Bonneval-sur-Arc, cercado por montañas, es el pueblo de los grandes espacios. Aquí, las casas de piedra no tienen número sino nombre. Por encima de los tejados, Albaron, la Levana o la Ciamarella dominan a 4.000 metros de altura un suntuoso circo de glaciares. Y cómo quedar indiferentes a Yvoire (Alta Saboya), la perla de Léman, cuyo florecer es de una excepcional belleza. Este pueblo, fortificado en el siglo XIV por iniciativa del conde de Saboya, celebra en 2006 el 700 aniversario de sus murallas.

En el estilo singular, Eguisheim (Alsacia, al noroeste), a las puertas de la ciudad de Colmar, invita a pasear alrededor de su castillo. Sus patios, fuentes, callejuelas y plazas renuevan la mirada sobre las fachadas coloreadas llenas de flores y de entramados.

Arlepde (Haute Loire, centro de Francia), en la cumbre de un pico volcánico, ofrece al río Loira cerca de su origen, un imponente conjunto que desde 1997 se erige en impresionante decorado del festival de verano Les Théâtrales du Velay.

En este viaje forzosamente incompleto, cómo no evocar Pérouges (en la región de Rhones Alpes) y su patrimonio excepcional, y Vézelay (Borgoña) con su magnífico baptisterio. Apuntemos también que en junio de 2005, Aigueze fue coronada uno de los más bellos pueblos de Francia. Único elegido del año, Aigueze también es el único pueblo clasificado del departamento de Gard.
“La diversidad francesa hay que verla con los ojos, deleitarse con sus colores, sus odores, tocarla con las manos, incluso comerla, beberla en el albergue auténtico”, en palabras del historiador francés Fernand Braudel.

Sitio Internet: www.les-plus-beaux-villages-de-france.org

(Fuente : Actualidades en Francia / Annik Bianchini - 07.06)


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