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Père-Lachaise, el cementerio-jardín de las almas inmortales

Es un lugar extraño, jalonado de alamedas de castaños rectilíneas, poblado de estelas, de capillas, de esculturas, de epitafios poéticos o elogiosos, un total de 69.000 monumentos funerarios en mitad de una protegida vegetación. Este lugar de 43 hectáreas, donde reposan más de 300.000 difuntos, es el cementerio-jardín de Père-Lachaise.

Illust: (c)Mairie de Paris, 47.4 ko, 350x230
©Mairie de Paris - Dany Gander-Gosse

Situado al este de París, Père-Lachaise es la última morada de multitud de nombres ilustres de la política, de la finanza, de la industria, de las artes y de las letras, o de amantes históricos y licenciosos como Héloïse y Abélard, el actor y cantante Yves Montand, la actriz Simone Signoret o la cantante Edith Piaf. Un lugar mítico reservado a la memoria de mortales con almas inmortales, cuyo recuerdo hechiza a los vivos, que acuden como si de peregrinos se tratara. Cada año, dos millones de visitantes pasean por las alamedas del mayor jardín parisiense.

Este éxito se debe al espíritu que su creador, Alexandre Brongniart, supo insuflar al antiguo terreno de Mont-Louis, situado en la colina de Charonne. Adquirido durante la época de Napoleón Bonaparte para la ciudad de París, el terreno, propiedad de los Jesuitas desde 1626 a 1763, fue rehabilitado por uno de sus superiores, el padre de La Chaize, confesor de Luis XIV, quien hizo construir en 1676 un castillo rodeado de un jardín. En en este lugar de 17 hectáreas se acondicionaría el cementerio del Este, uno de los tres nuevos cementerios de París, junto a Montmartre al Norte y Montparnasse al Sur. En aquella época, los tres estaban situados fuera de la capital por cuestiones de salubridad pública, y administrados, como todos los cementerios desde la Revolución, por las comunas y no por las parroquias. En tanto que espacios laicos, los cementerios podían acoger monumentos funerarios para las familias que tuvieran concesiones vitalicias, al tiempo que perduraba la práctica de fosas comunes. Fue en este contexto en el que Alexandre Brongniart diseñó en este lugar, entre 1810 y 1813- donde ya existían algunos monumentos como la capilla Greffulhe- «un parque funerario ajardinado a la inglesa, de espíritu romántico, abierto al paseo público». Más tarde, el cementerio se amplió con antiguas canteras y con la planicie de Charonne, hasta contar 43 hectáreas en 1850. A partir de 1817, fecha del pomposo traslado de los hipotéticos restos de los escritores Molière y La Fontaine, el cementerio se convirtió en un fenómeno de moda como última morada de la élite de su tiempo.

Hoy, atestado de monumentos funerarios, Père-Lachaise sigue reservando emociones al visitante, en búsqueda de la estética y de lo trágico. Ejemplo de ello es la retahíla de alegorías del dolor, personificadas en cantos fúnebres como Musique en pleurs [Música en llanto], mármol de Clésinger sobre la tumba de Chopin. En la tumba de Raspail, héroe revolucionario, el dolor toma la forma, para el escultor Etex, de un desgarrador Adieu de Madame Raspail au révolutionnaire emprisonné [Adiós de la señora Raspail al revolucionario prisionero], «fantasma cuya mano surge de la mortaja para atravesar los barrotes», comenta Christian Charlet, historiador del cementerio. El mismo Antoine Etex realizó una estatua de mármol, más tarde reemplazada por una de bronce, para la tumba de Géricault, decorada con Radeau de la Méduse [La balsa de la medusa]. La bravura se expresa en las estatuas ecuestres, como la de David d’Angers para el general napoleónico Gobert. La referencia a la Antigüedad se evoca a través de novelas como Escipión el Africano para la tumba del pintor Delacroix.

Referencias a la antigüedad egipcio-asiria y reminiscencias mitológicas se conjugan en Flying Demon Angel de Jacob Epstein bajo la forma de un «extraordinario hombre-pájaro propio de Oscar Wilde». Muchos son los artistas de renombre como Etex, David d’Angers, Bartholdi, Landowski, Dalou, Gallo, Leducq, que se han plegado con talento a las exigencias de la escultura funeraria. Así, el visitante tiene la impresión de acceder a un «auténtico museo de arquitectura y de escultura, con carácter funerario, al aire libre, representativo de todos los estilos, corrientes, épocas, técnicas y materiales empleados desde hace cien años», resume Christian Charlet. Algunos monumentos llaman especialmente la atención, como la impresionante chimenea de veinte metros de Félix de Beaujour, que alberga dos cámaras funerarias. Los mauselos, como el de Demidoff o Adolphe Thiers, cuya decoración del tímpano evoca el patriotismo, «una espada defendiendo la bandera nacional de la Francia unida», no deja al paseante indiferente.

En el cementerio de Père-Lachaise, las tumbas despiertan a veces más interés por su carácter simbólico que estético. Así, la Stèle du dragon [Estela del dragón]- realizada en recuerdo de Guillaume Lagrange, suboficial de un regimiento de dragones muerto en 1807 durante una campaña napoleónica- se convertiría durante el siglo XIX en lugar de reunión de los bonapartistas hostiles a la Restauración. Père-Lachaise fue durante mucho tiempo, a través de entierros y conmemoraciones, uno de los lugares de referencia de la contestación del poder, en una época en la que la libertad de reunión y de asociación estaba prohibida. «Hoy, el Muro de los Federados, uno de los muros de Père-Lachaise donde fueron ejecutados los partidarios de la Comuna de París- artífices de un efímero gobierno revolucionario en 1871- cristaliza numerosas luchas tan diversas como la de los republicanos españoles, las luchas sindicales o de la Resistencia», explica Christian Charlet. No lejos del Muro de los Federados, los memoriales de diez campos de concentración participan en el deber de memoria, coincidiendo con la conmemoración del 60 aniversario de su liberación.

Sitio Internet:
www.pere-lachaise.com

(Fuente : Actualidades en Francia / Inès Chapron-Somarriba
- 03.05)


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