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Los cafés de Paris y sus terrazas, otra forma de estar en casa

Las terrazas de los cafés que adornan la Rive droite y la Rive gauche del río Sena, dan a París una cara más acogedora en primavera y verano, como si el tiempo transcurriera más lentamente en el murmullo de la ciudad. Este es un paseo por las terrazas de cafés singulares e insólitos, situados a veces en edificios emblemáticos o en paraísos naturales en pleno París.

En París, el café y sus terrazas son a la vez una institución y un lugar de vida. Los apartamentos, a menudo demasiado exiguos, hacen la fortuna de sus propietarios. El café aparece como una prolongación de la vida casera, llegando a ser para algunos parte de su vida cotidiana. Allí se va para leer el periódico, un libro, meditar, escribir la novela del siglo o terminar el trabajo de la oficina. Algunos adeptos del «petit noir», (sobrenombre del café) cortado- auténtico barómetro del coste de vida - lo toman en la barra del bar, a primera hora de la mañana antes de empezar la jornada. A menos que prefieran sus variantes: noisette (con una pizca de leche), alargado con agua o el pequeño o gran nata, con más o menos leche. A mediodía, el café también sirve de lugar de encuentro para una comida rápida, solo, entre compañeros de trabajo o entre amigos, en una pausa que, cuando llega el buen tiempo, es en la terraza. Por la noche, antes de volver a casa, el parisiense quizá también haga un alto en una terraza para beber un Perrier con limón, un vaso de vino blanco, o incluso quedarse a cenar. Algunas terrazas tienen calefactores en forma de sombrilla, especialmente instalados para las tardes frescas, como en el Café du Marché, en el distrito 7. Para muchos, encontrarse en el café es una invitación a la conversación o a las confidencias, en un lugar anónimo, a menudo una etapa preliminar antes de invitar a alguien a casa. Le Fumoir, conocido por sus sofás estilo club, su suave luz y su prensa internacional, es uno de los lugares más apreciados por el mundo de las finanzas para un aperitivo.

La cita en el café también es un alto geográfico, ya que permite a los parisienses encontrarse a medio camino de sus andanzas por la ciudad, con ayuda de un mapa de metro, para contar el número de paradas que deben recorrer. Es entonces cuando los lugares céntricos y conocidos ganan los favores de todos. Como en el jardín de las Tullerías, cerca del Louvre, donde cuatro cafés son los más solicitados en primavera y en verano por parisienses y turistas hasta tarde, como Dame Tartine. Más lejos, el ambiente es más selecto con el Café Marly, de decoración chic, cuya terraza da a la pirámide del Louvre. Muy cerca, la sombra del teatro de la Comédie Française reluce sobre Le Nemours, en la plaza Colette. A dos pasos, bajo las arcadas del jardín del Palais Royal, varias terrazas tranquilas acogen al parisiense en un ambiente ajeno al tiempo. El célebre Café de la Paix, en pleno barrio de la Bolsa y las finanzas, no lejos de la Ópera, es muy apreciado por los turistas. En el barrio de Le Marais, cafés y terrazas como Le Victor Hugo se esconden bajo las arcadas de la plaza de Vosges. A algunos pasos de allí, las terrazas de la plaza Saint-Catherine son un recodo de tranquilidad. Pero para huir verdaderamente del ambiente urbano, nada como una visita al Jemmapes, un bar de verano que incita a escapar de las obligaciones, como explica Marie Leyre, treinta años, de fuera de París, que trabaja en el mundo del teatro. «En este bar de verano pides una bebida en la barra que después bebes con los pies metidos en el agua, con una vista sumergida en el Canal Saint-Martin, y así disfrutar del bonito color de la tarde, sobre las 17h00 o las 18h00». Si la decoración natural o el marco arquitectónico a menudo dan al café parisiense más encanto, otros, más típicos, destacan sin artificios. Para Marie Leyre, algunos cafés tienen una personalidad singular. No lejos de Bastilla, en la avenida Ledru Rollin, Le Bistrot du Peintre seduce por su «decoración acogedora, íntima, un lugar muy parisiense y a la vez de moda».

En la Rive Gauche, como en Montparnasse con La Closerie des Lilas o en el Barrio Latino, cerca de la Universidad de La Sorbona, los cafés aparecen como templos de la vida literaria y artística, «centros nerviosos de vida intelectual» o política, como la brasserie Lipp. En Saint-Germain-des-Près, escritores y editores se dan cita, no lejos de las editoriales del barrio, como Gallimard o Grasset. Son célebres los cafés Le Flore y Aux Deux Magots, que incluso otorgan premios literarios esperados por el mundo literario. En Le Flore planea la sombra de hombres de letras como Guillaume Apollinaire, André Breton, André Malraux, que también frecuentaron el café de al lado, Aux Deux Magots, el predilecto de escritores extranjeros como Hemingway, Stefan Zweig, Bertolt Bretcht, etc. Este café se convertiría en los años cincuenta en la oficina y el salón mítico de Jean-Paul Sartre, padre del existencialismo, y de su compañera Simone de Beauvoir, después de que hubieran abandonado Le Flore, su cuartel general bajo la Ocupación. Aunque los cafés ven germinar numerosos pensamientos y sacar a la luz algunos manuscritos, también acogen periodistas para entrevistas, como en el café del hotel Lutétia, muy apreciado por la revista femenina Elle, o el Café Beaubourg. En este lugar, el mundo de los medios de comunicación, del arte y de la moda se mezclan en un vasto espacio repleto de bibliotecas. Pero para ganar visibilidad, se impone una visita al último piso de Beabourg (Centro Pompidou). El café Le Georges ofrece una vista sobrecogedora sobre los tejados de París, desde donde siempre se impone un juego: adivinar, desde la terraza, los monumentos que jalonan la capital, como los Inválidos o el Panteón.

(Fuente : Actualidades en Francia / Inès Chapron-Somarriba - 01.07)


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