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Un nuevo paisaje político

Pero a principios de los años ochenta el paisaje político francés estalla de nuevo. Las lógicas que favorecieron su recomposición se invierten de golpe, acelerando su descomposición. A partir de 1979 se vuelve a la representación proporcional para las elecciones europeas.

En los años ochenta, la representación proporcional, o una parte proporcional, se aplica en las elecciones municipales, regionales y, excepcionalmente, en las legislativas de 1986. La crisis económica, social y política atenaza el sistema político francés. Los «viejos» partidos son incapaces de traducir las aspiraciones -o las inquietudes- de una franja cada vez más importante del electorado. La extrema derecha hace irrupción brutalmente en la escena política en 1983 y encuentra rápidamente un apoyo entre el electorado popular de las regiones de tradición industrial. Las divergencias entre el mundo rural y el urbano se expresan en el antagonismo entre cazadores y ecologistas, sobre todo con ocasión de las elecciones europeas.

La cuestión europea, precisamente, divide a los grandes partidos, provocando a comienzos de los años noventa la aparición de nuevas
fuerzas políticas, de corte soberanista tanto a la izquierda, alrededor de Jean-Pierre Chevènement (que se escinde del PS), como a la derecha, alrededor de Charles Pasqua (que abandona la UMP) o Philippe de Villiers (que procede de la UDF).

A lo largo de los años ochenta y noventa, los grandes partidos siguen debilitándose y en algunos casos llegan a estallar, como la UDF cuando en 1998 se escinden los liberales y forman Democracia Liberal (DL). En la periferia del sistema la situación no es mucho más boyante: el Frente Nacional pierde a la mitad de sus dirigentes en 1999, cuando Bruno Mégret decide formar el Movimiento Nacional Republicano (MNR). Y aunque la extrema izquierda se haya beneficiado del hundimiento del PC para encontrar electores, las rivalidades entre las formaciones que la componen parecen insalvables.

A comienzos de los años 2000, el liderazgo del RPR sobre la derecha está asegurado, ya que la «derecha no gaullista», aglutinada durante veinte años en un mismo partido, no está en condiciones de cohabitar en una misma formación para hacerle contrapeso. El liderazgo del PS sobre la izquierda está igualmente asegurado, pues el Partido Comunista se encuentra atrapado en una espiral de declive. Pero el PS y el RPR ejercen un «duopolio» engañoso. La suma de los votos de los dos candidatos que obtienen mejores resultados en la primera vuelta de las elecciones presidenciales disminuye cada vez más: 58,4% en 1981, 54,0% en 1988, 44,1% en 1995. El escrutinio de 2002 se caracterizó por una atomización extrema del paisaje político francés: 16 candidatos solicitaban el voto de los franceses; cinco pertenecían a la «izquierda plural» y cuatro a la derecha gubernamental. Los «pequeños» estaban también divididos: había tres candidatos de extrema derecha, dos de extrema izquierda y dos de sensibilidad ecologista. Por primera vez, ningún candidato superó el 20% de votos. Pero fue sobre todo el orden de llegada lo que estalló como un «trueno» en la vida política francesa : Lionel Jospin, candidato socialista, quedó en tercer lugar, tras Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen, candidato de la extrema derecha. El fracaso de Lionel Jospin garantizó indirectamente la elección en la segunda vuelta de Jacques Chirac.

Las elecciones de 2002 cierran un ciclo político. Inmediatamente después de las elecciones, Jacques Chirac unifica a la derecha creando un nuevo partido, la Unión por un Movimiento Popular (UMP), al que, sin embargo, François Bayrou rechaza unirse. Las legislativas de 2002 suponen el comienzo de una rebipolarización de la vida política: la UMP obtiene una mayoría absoluta de diputados. El PS se beneficia de los remordimientos del electorado y del voto útil para afirmarse como la única fuerza capaz de aglutinar a la izquierda. El Frente Nacional no obtiene ningún diputado. La UDF de François Bayrou dispone de menos de treinta diputados, pero durante la legislatura de 2002-2007 va a intentar instalarse en el centro del tablero político para sacar partido a la vez de la derechización del UMP, que preside desde 2004 Nicolas Sarkozy, y de las dificultades del PS, que no consigue recuperarse de su fracaso de 2002. Su objetivo es instalar a la UDF equidistante de la izquierda y la derecha con la mirada puesta en las
presidenciales de 2007. La primera vuelta estuvo marcada por el voto útil que aplastó a todas las pequeñas fuerzas políticas en beneficio de los grandes candidatos. Nicolas Sarkozy obtiene el 31,2% y Ségolène Royal el 25,9%, que sumados suponen un 57,1% de sufragios. En la segunda vuelta gana Nicolas Sarkozy con más del 53% de los votos.
Nada más ser elegido inicia una «apertura», incluyendo en su Gobierno a centristas y a socialistas. François Bayrou queda aislado, mientras el Partido Socialista se hunde un poco más en la crisis. Las elecciones legislativas de 2007, como las de 2002, confirman sin sorpresas el veredicto de las presidenciales otorgando la mayoría absoluta al UMP.

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Distribución de escaños en la Asamblea Nacional tras las elecciones legislativas del 17 de junio de 2007

Constitución, sistema electoral y régimen de partidos son, en adelante, las grandes líneas de un régimen en el que el Presidente, elegido por cinco años, dispone de un partido que le ofrece apoyo incondicional en la Asamblea Nacional para poner en marcha el programa por el que ha sido elegido. Cincuenta años después de su fundación, la V República no tiene demasiado que ver con la Constitución de los orígenes. Entre las viejas democracias, el Presidente francés es actualmente más poderoso que cualquier otro jefe de Estado o Gobierno. Esto explica sin duda que la cuestión institucional vuelva a estar en la agenda política. Aunque los proyectos de reflexión sean numerosas, nadie cuestiona las reformas de 1962 (la elección del Presidente mediante sufragio universal directo) y 2000 (la reducción del mandato presidencial a cinco años y la inversión del calendario electoral). A decir verdad, nadie cuestiona seriamente la omnipotencia del Presidente, tal vez porque los franceses no solo parecen satisfechos sino que parecen alegrarse, como si la escenificación de la campaña presidencial saciara por 5 años su sed de política, desterrándoles de ella hasta las siguientes presidenciales.

Fuente : France 2008, La Documentation Française


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