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De las obras públicas al patrimonio : la herencia monumental

Tanto en las ciudades como en el campo, Francia ofrece una variedad arquitectónica tan vasta que abarca todos los períodos, desde la Antigüedad (el puente del Gard) a los palacios reales de los siglos XVII y XVIII (el castillo de Versalles o el Institut de France), pasando por los castillos cátaros, las abadías e iglesias románicas testimonio del floreciente monarquismo (Chartres, Fontenay, Cluny, Vézelay), las catedrales góticas, obras maestras del arte francés (Notre-Dame, Reims), y los castillos del Loira, símbolo del refinamiento del Renacimiento (Chambord, Chenonceaux, Amboise). Hubo una época en la que se podía destruir completamente para reconstruir desde cero: el castillo de Blois es un buen ejemplo de la yuxtaposición de estilos encadenados cronológicamente que legitimaba la destrucción de fragmentos antiguos. De hecho, la noción de patrimonio histórico es muy reciente: data del siglo XIX. En 1833, el escritor Prospère Mérimée es nombrado Inspector de los monumentos de Francia; su función: salvaguardar las obras monumentales del pasado y, junto a Viollet-le-duc, restaurarlas, con arreglo a normas estilísticas hoy bastante discutidas. Su primer trabajo, emprendido en 1840, fue la restauración de la abadía de Vézelay, al que siguió la remodelación de Notre-Dame de París. Desde entonces se protege y admira el patrimonio. Se protegen asimismo las edificaciones del patrimonio industrial, testigo de tantas vidas y existencias laboriosas (la torre Eiffel se conservó tras la Exposición Universal de 1889 y, desde hace treinta años, se transforman fábricas y naves industriales para darles un uso
cultural). Los museos regionales y locales intentan salvaguardar tradiciones ancestrales en el seno de una modernidad percibida como potencialmente destructiva. Construcciones como las Arenas de Nîmes, Chambord, Notre-Dame y el Mont-Saint-Michel se han «patrimonializado», a la vez que la pirámide del Louvre, obra que contó siempre con el apoyo del presidente Mitterrand, se levanta en el patio del palacio del Louvre, símbolo del poder real. Así, el turismo puede redescubrirlas dotadas de una nueva vida, visión actualizada de sus funciones de antaño.

Fuente : France 2008, La Documentation Française


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