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Jacques Dérida

El filósofo Jacques Derrida falleció de un cáncer el 9 de octubre de 2004, a la edad de 74 años. Fue una figura emblemática del pensamiento francés junto a otros de su generación. Autor prolífico, traducido a una veintena de idiomas, permanecerá en la memoria colectiva como el inventor de la «deconstrucción». He aquí una trayectoria extraordinaria.

«Las contingencias han hecho de mí un judío francés de Argelia”. Nacido en 1939 a las afueras de Argel, el joven Jackie Derrida es «un poco gamberro», prefiere el fútbol a los estudios. Suspende una primera vez el examen de Selectividad. Tiene entonces veleidades literarias. Pero no sería hasta ingresar en la Escuela Normal Superior, en 1952, cuando se decida a desarrollar su carrera de filósofo. Fue profesor durante los años sesenta, y más tarde maestro de conferencias en la Sorbona. Empezó a destacar a raíz de tres libros, De la Grammatologie [De la gramatología], L’Ecriture et la Différence [La escritura y la Diferencia], La Voix et le Phénomène [La Voz y el Fenómeno], gracias a los cuales obtuvo un cierto reconocimiento, al menos en el extranjero. Invitado a intervenir en Estados Unidos, su carsima impresionó al público americano, que creyó en masa en su enseñanza. Conoció a Paul de Man, Hillis Miller, Geoffrey Hartman y Harold Bloom. Y Así comenzó en Yale, “la escuela de la deconstrucción». A partir de entonces viajó por el mundo entero, y multiplicó sus publicaciones. No obstante, aunque en los países anglosajones encarnara el dinamismo de «la french theory» (la teoría francesa), la universidad francesa le negó los honores de un alto cargo.

A pesar de su notoriedad, la reflexión de Jacques Derrida, basada en el pensamiento de la escritura como eje central, es considerada ardua, exigente, incluso oscura por algunos. Apoyándose en una relectura crítica de la metafísica occidental, Derrida denuncia la valorización radical de la palabra en detrimento de la escritura, lo que él llama «logocentrismo», cuya tradición va desde Platón hasta Heideger. Según él, la tentativa idealista de aislar el «querer decir» de su «huella» escrita, el contenido de la incertidumbre de la expresión, es decir, el fondo de la forma, está abocada al fracaso. De forma que él se dedicaría a demostrar que la polisemia de la escritura y el equívoco de las palabras «ya» asedian el pensamiento. Por ello, propone llevar a cabo una «deconstrucción » de los textos filosóficos, en la que se articulan dos tiempos: de un lado, demostrar la ambigüedad semántica de los discursos conceptuales, y de otro, suscitar esta ambigüedad creando neologismos. La «deconstrucción» consiste tanto en «destruir» los presupuestos establecidos, como en «construir» las condiciones que hagan posible un pensamiento abierto, y no yerto. De hecho, «el gusto severo por el refinamiento, la paradoja, la antonimia», a menudo reprochados a Derrida, está unido en su pluma con un desmesurado amor por las riquezas del idioma.

El trabajo de Jacques Derrida abraza numerosos campos, como el psicoanálisis, la lingüística, la pintura y la religión. Se interesa tanto por filosófos clásicos como por escritores, especialmente en su libro Glas, en el que hace una confrontación entre Hegel y Jean Genet. Asimismo, le gusta asociar narración y concepto. Así, cuando trata el judaísmo, adopta el estilo de la «confesión» autobiográfica, titulando maliciosamente su ensayo «Circonfesión». La prosa derridiana maneja con brío este tipo de oposición entre dos vocablos. La noción importante de «différance» (en francés se escribe con una segunda «e»), en un intento de reflexionar sobre la «diseminación » del sentido, ilustra la pertinencia de tal práctica. No sólo la presencia incongruente de este «a», que es necesario deletrear oralmente para que se oiga, conforta la tesis de una palabra destruida por la escritura, sino que interpela al lector en tanto que destinatario lejano y garante del diálogo. La «différance» conjuga la acción de «diferir» (retrasar) con aquella de «diverger» (distinguirse) y pone de manifiesto, a través de una vocal, las «derivas» del proceso de significación. «Yo procedo siempre como escribo, por disgresiones, adiciones de suplementos, prótesis, movimientos hacia escritos considerados menores, hacia herencias no canónicas, los detalles, las notas a pie de página», afirmaba Derrida. Su apuesta filosófica era mantener esta postura límite, sin decidir, entre el cuerpo del texto y el margen, lo esencial y lo accidental, de aquí y de allá. La audacia de su estilo, llena de matices, fue testimonio de una rara sensibilidad, en una época que a veces carecía de ella.

Jacques Derrida también fue un hombre comprometido con sus contemporáneos. A partir de 1968, llevó a cabo junto a sus compañeros profesores una vasta investigación sobre la educación, que dio lugar, diez años más tarde, a la creación de una institución atípica, el Colegio internacional de Filosofía. En 1981 fue incluso encarcelado algunos días por el régimen comunista de Checoslovaquia, por haber dado una conferencia clandestina ante estudiantes disidentes. Durante sus últimos diez años, esta dimensión política se volvió más explícita en sus obras. Por ejemplo, con ocasión de una reflexión sobre la ética, abordó el tema de la hospitalidad, que definía siguiendo el imperativo incondicional, «Entra, quien quiera que seas». En Francia dio su apoyo al movimiento de los «sin papeles», y militó en todo el mundo por la liberación de Nelson Mandela, así como por salvar a Munia Abu Jamal, condenado a muerte en Estados Unidos. En 1933 escribió en su libro Spectres de Marx [Espectros de Marx], «jamás la violencia, la desigualdad, la exclusión, el hambre, y con ellos la opresión económica, han afectado a tantos seres humanos en la historia de la tierra y de la humanidad». Y añade, «Ser demócrata sería actuar reconociendo que nunca vivimos en una sociedad (lo suficientemente) democrática». El horror de la injusticia le empujó a intervenir públicamente, y puso la autoridad mediática de su nombre al servicio de las causas más urgentes.

En 2003 Derrida reunió bajo el título Chaque foi unique, la fin du monde [Cada ocasión única, el fin del mundo], los diferentes homenajes que había rendido a sus amigos fallecidos, como Roland Barthes, Michel Foucault, Gilles Deleuze, Emmanuel Levinas o Pierre Bourdieu. Se libraba así al doloroso ejercicio de «un cogito del adiós, este saludo sin retorno». Hoy, corresponde a cada cual meditar su pensamiento, enviar un modesto adiós.

Sitio Internet : http://prelectur.stanford.edu/lecturers/derrida/index.html

(Fuente : Actualidades en Francia / Pierre-Henri Casamayou - 01.05)


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