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Cien años de “Las Señoritas de Aviñón”

Tienen cien años, aunque lo menos que se puede decir de ellas es que la edad no ha ganado la batalla. Sus colores rosas y sus rostros deformes siguen ejerciendo la misma fascinación sobre quien las mira. “Las señoritas de Aviñón” es la obra maestra de un pintor español que con sólo 25 años revolucionaría el arte moderno. El aniversario de esta obra se ha elevado en Francia a “celebración nacional” en 2007, algo inusual en el país galo. A falta de poder transportar el cuadro a París, instalado desde hace 70 años el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el museo Picasso, que ya le consagró una exposición en 1988 (fue su última visita a París), celebra su aniversario con la exposición “Picasso cubista”, un balance del conjunto de la obra cubista del pintor de 1906 a 1925. Este cuadro excepcional marca el inicio del cubismo de Picasso, quien reivindicaba con insistencia el término para calificar su obra de las dos primeras décadas del siglo XX.

Illust: (c) Sucession Picass, 46.4 ko, 350x399
© Sucession Picasso 2007

Las Señoritas de Aviñón, recordémoslo, no tienen nada que ver con la Cité de Papes y aún menos con señoritas. Eran prostitutas en un prostíbulo del Carrer d’Avinyo, una calle del casco antiguo de Barcelona, vecino de donde vivía Picasso antes de su llegada a Francia. Él mismo había llamado a su cuadro “El burdel de Aviñón”, título que fue cambiado varias veces. El extraordinario cuadro que Picasso trabajó en su taller de Bateau-Lavoir en 1907 tuvo un efecto prodigioso en su entorno, sumergiendo a sus amigos en el estupor, incluso en la consternación. “Un día encontraremos a Picasso colgado detrás de su gran cuadro”, como dijo André Derain al descubrir la obra. Ante estos rostros bárbaros, retorcidos o estriados de negro, Henri Matisse se enfadó y Georges Braque juzgó que pintar así era como querer “dar de comer estopa encendida y beber petróleo”. Sin embargo, Daniel-Henry Kahnweiler, que se convertiría en el marchante de Picasso, se entusiasmó en seguida, aunque no hasta el punto de comprar la obra que para él marcaba el inicio del cubismo. El primer marchante que expuso a Picasso en 1901, cuando el pintor apenas tenía 19 años de dad, fue Ambroise Vollard, galerista y editor que ejerció la mayor influencia sobre el desarrollo del arte modermo. El Museo de Orsay le dedicó una exposición recientemente.

Picasso se asustó tanto por el escándalo que produjo “su gran cuadro” (2,44 m x 2,34 m), pese al apoyo sin fisuras del poeta Guillaume Apollinaire, que rechazó mostrarlo durante años, conformándose con transportarlo de uno a otro de sus talleres. “Las señoritas de Aviñón” hicieron su primera aparición pública en julio de 1916 durante una exposición organizada en los salones del modisto Paul Poiret por el poeta y crítico André Salmon, quien dio el nombre definitivo al cuadro. La obra siguió después guardada en los siguientes talleres de Picasso, hasta que el modisto y mecenas Jacques Doucet lo compró en 1924, lo que le valió calurosas felicitaciones de André Breton, el “papa del surrealismo”, quien consideraba la obra como una obra de “una importancia histórica absolutamente innegable” para el arte modermo y “un evento capital de principios del siglo XX”. La primera reproducción fotográfica del cuadro apareció en un número de “Revolución Surrealista” en julio de 1925. Doucet, quien compró en la misma ocasión otras dos obras “un tanto escandalosas” (un Matisse y un boceto de Seurat) pensaba que al menos “no los tendrán en América”. Sin embargo, las señoritas viajaron a América, y fueron vendidas después de su muerte en 1937 al MOMA. Volvieron a Francia en cuatro ocasiones, en 1953, 1960, 1966 y 1988, para no regresar nunca más.

Mientras Picasso pintaba las Señoritas, Picasso descubrió maravillado en el museo etnográfico de Trocadero, en París, las artes oceánicas y africanas y cambió tres personajes de su composición, pese a su célebre frase “¿el arte negro? No lo conozco”. Más adelante explicaría al escritor y ministro de Cultura André Malraux que “Las Señoritas de Aviñón tenían que llegar ese día, pero en absoluto por sus formas, sino porque era mi primera tela exorcista”.

El pintor ya había quedado impresionado un año antes por las esculturas de arte ibérico del siglo V antes de Cristo expuestas en el Louvre en 1905. Esta influencia ibérica también desempeñó un papel importante en la aparición del cubismo.

Para explicar el objetivo de la exposición “Picasso cubista” en París, su comisaria Anne Baldassarim directora del museo Picasso, hace referencia a la frase de Guillaume Apollinaire: “Se puede pintar con lo que cada cual quiera, con pipas, sellos, trozos de tela, papel, periódicos (...). Lo esencial es que se vea el trabajo, el valor de una obra de arte queda plasmado por la cantidad de trabajo del artista”.

La exposición “da una muestra del trabajo” del cubismo de Picasso entre 1906 y 1923, “un trabajo inédito de subversión de la forma y de insurrección de la pintura”, divididas en el uso del cubismo primitivo, ibérico, africano, cezaniano, hermético, sintético, rococó y decorativo y seguido en los años post-cubistas (1921-1925) por una “insidiosa vuelta a la figuración”. El conjunto forma “la cadena ininterrumpida de la revolución cubista”, una formidable aventura encabezada por Picasso y Braque, quienes se conocieron en abril de 1907 gracias a Apollinaire y trabajaron después juntos, unidos como “la cuerda en montaña”, decía Braque.

Definir el cubismo nunca ha sido fácil. Para Picasso, “el cubismo no es diferente de ninguna otra escuela de pintura. Los mismos principios y los mismos elementos son comunes a todas”. En el museo Picasso se explica al visitante que a partir de las “Señoritas de Aviñón” se crea en Picasso “un nuevo lenguaje pictórico que tiende a recrear, en la superficie de una tela, un espacio que existe en tres dimensiones, sin recurrir a las técnicas ilusionistas tradicionales”. Cézanne ya había recomendado al pintor Emile Bernard “tratar la naturaleza mediante el cilindro, la esfera, el cono, todo puesto en perspectiva”. Fue Matisse, sin embargo muy poco dado a participar en este tipo de “revolución artística” quien habló en primer lugar de “pequeños cubos” sobre un cuadro de Braque rechazado en el Salón de otoño de 1908. Apollinaire y otros poetas vanguardistas dieron inmediatamente a los pintores cubistas el apoyo que durante mucho tiempo les negó el público. “En aquella época pintores y poetas tenían una influencia mutua”, decía Picasso.

La exposición, que presenta 350 obras y documentos, de los que la mitad provienen de las colecciones del museo, muestra la increíble cantidad y variedad de la obra de Picasso cubista en 15 años, en papeles pegados, pinturas, dibujos, gouaches o sus célebres “construcciones” de materiales como cartón, madera o cuerda. Sus composiciones tienen a veces forma oval, a menudo son naturalezas muertas o temas musicales (guitarras, violones, músicos). El retrato cubista de Picasso es un elemento de genio absoluto, con sus cuatro obras maestras conservadas en los cuatro grandes museos del mundo, reunidas sólo una vez en París en 1966: Daniel-Henry Kahnweiler, Ambroise Vollard, Wilhelm Uhde (coleccionista y crítico alemán) y del marchante Clovis Sagot.

La cabeza esculpida de Fernande, su compañera de entonces, fue la primera escultura cubista, e influyó toda la obra escultórica de la primera mitad del siglo XX.

(Fuente : Actualidades en Francia / Claudine Canetti - 10/07)


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