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"ONU: Francia por un nuevo compromiso" - Tribuna de Laurent Fabius en "Le Figaro" (27 de septiembre de 2012)

Cuando fue creada, la Organización de las Naciones Unidas suscitó grandes esperanzas. Reconozcamos que, confrontada a los intereses nacionales – que están lejos de desaparecer – la organización nunca ha estado en condiciones de responder totalmente a estas expectativas. A pesar de sus puntos débiles, evidentes en el drama sirio, la ONU sigue siendo el pilar del multilateralismo y una herramienta inevitable de regulación política. Francia está profundamente apegada a esta organización, insuficiente pero indispensable. Tenemos la intención de contribuir a las reformas necesarias para permitirle desempeñar todo el papel que le corresponde.

Echemos un vistazo a varias décadas atrás. Después del breve período de entusiasmo que vino después del segundo conflicto mundial, la ONU se convierte en una caja de resonancia de la guerra fría, y escapa a la parálisis sólo cuando las dos superpotencias así lo quieren, es decir, de vez en cuando. El desmoronamiento de la URSS abre posteriormente un período en el cual la organización sale de su silencio: primera guerra del Golfo, Bosnia, la ONU asume entonces de nuevo la misión para la cual había sido creada.

El 11 de septiembre y la segunda guerra de Irak marcan el principio de otro período, el de la fragmentación de la potencia y el del desplazamiento del centro de gravedad hacia los países que acceden a la prosperidad económica. La crisis de 2008 acelera esta evolución y marca el retorno de la primacía de una concepción estrecha de los intereses nacionales.

Ahí nos encontramos ahora. En algunos temas, por ejemplo el armamento nuclear iraní, las Naciones Unidas desempeñan un papel útil. En otros, constituyen – desfortunadamente – una especie de comunidad de bienes gananciales. Demasiado a menudo, las Naciones Unidas se presentan ya como una asociación de naciones con ambiciones encontradas; naciones que aceptan ponerse de acuerdo sobre objetivos limitados siempre y cuando correspondan a intereses concebidos de manera estrecha y sin consideración suficiente para el largo plazo.

¿Cuáles son las principales “fuerzas” en presencia dentro de esta comunidad?

Las potencias emergentes, llevadas por el crecimiento económico pero confrontadas a la pobreza de una parte sustancial de su población, se muestran prudentes en el tratamiento de nuevos temas sobre la economía verde y el calentamiento climático, pues perciben en ello dificultades potenciales para su futuro. Estas potencias reclaman de manera legítima que se reconozca su papel, sin que forzosamente asuman las responsabilidades globales que esto implica.

Los regímenes autoritarios, por su parte, hacen de la soberanía nacional su última defensa. Saben pesar en el funcionamiento de la ONU, como lo vemos de forma trágica con el bloqueo del Consejo de Seguridad en relación con Siria.

Estados Unidos sigue viendo en las Naciones Unidas un instrumento más bien secundario de su política exterior. El Presidente Obama puso fin de manera útil a la hostilidad sistemática de su antecesor hacia la organización; pagó la parte esencial de las deudas de su país, pero apenas si se ha movilizado más allá de ello.

La Unión Europea, por su parte, no ha conseguido hasta ahora imponerse como un protagonista principal, aunque represente cerca del 40% del presupuesto de la ONU y 60% de la ayuda pública al desarrollo. Algunas diferencias de enfoque entre sus miembros y la crisis que la golpea afectan su prestigio y su influencia.

Último elemento de este rápido recuento: la crisis financiera sacude violentamente el compromiso histórico en el cual se basa el funcionamiento de la ONU. El G77, que reúne 132 países de 193, contribuye en menos del 10% del presupuesto. Estados Unidos, Europa y Japón pagan juntos el 70% de los gastos y el 80% de las operaciones de mantenimiento de la paz. Francia por sí sola contribuye más que China, India y Rusia juntas. Todo eso, podemos darnos cuenta, no es muy satisfactorio.

Para que la ONU reúna todas las condiciones necesarias a su funcionamiento, es preciso definir el “nuevo compromiso” que la organización necesita. Francia, identificada como uno de los pilares de la ONU, debe proponer ejes para lograrlo.

-  Nuestro primer objetivo debe ser profundizar en el diálogo establecido con los países emergentes, lo cual no es necesariamente fácil. No todos sueñan con un mundo solidario: algunos se imaginan más bien un teatro en el cual se pueden exponer las ambiciones nacionales. Sin embargo, tienen derecho a pedirnos una mejor manera de compartir el poder.

-  La reforma del Consejo de Seguridad debe movilizar nuestros esfuerzos y nuestra reflexión. Somos uno de los únicos miembros permanentes que promueven realmente esta movilización. Como lo dijo el Presidente de la República en la ONU, la apoyaremos con fuerza.

-  La Unión Europea debe reivindicar un papel en función de su importancia y, sin embargo, hoy día parece más bien una enorme ONG. En otras palabras, Europa debe asumir su papel político: es en beneficio de las Naciones Unidas, que necesitan equilibrio. Y también en el nuestro.

-  Debemos retomar, y si es posible con otros, la iniciativa sobre el conflicto israelo-palestino, que sigue estando en la parte medular de las tensiones del mundo arabo-musulmán. El Cuarteto se encuentra en un impasse. Las dos partes se han mostrado hasta ahora incapaces de ir ellas mismas hacia la paz. Francia posee una verdadera legitimidad en este tema.

-  Cerca de las dos terceras partes de los expedientes del Consejo de Seguridad están dedicados a África. Debemos asociar más a los africanos y sus organizaciones regionales a la solución de las crisis: eso se está haciendo actualmente con Malí.

-  Finalmente, los temas relacionados con el medio ambiente son, con demasiada frecuencia, objeto de un diálogo de sordos entre una Europa que propone pero que no puede financiarlo todo, países pequeños que se sienten abandonados, países emergentes concentrados en su crecimiento económico y Estados Unidos que se escudan de buen grado detrás de estos últimos.

El hecho es que los acuerdos establecidos en el terreno ambiental son desafortunadamente cada vez menos sustanciales y las promesas financieras se reciclan indefinidamente. Se plantea entonces la cuestión de otro enfoque que permitiría definir juntos las implicaciones del desarrollo sostenible para cada tipo de economía.

En resumen: confirmo – y me congratulo por ello – que Francia ejerce hoy día, en las Naciones Unidas, una influencia mucho más fuerte del peso que representa. Lo debe a su estatuto de miembro permanente del Consejo de Seguridad, a su apego en pro del multilateralismo y los derechos humanos, a su lengua, a la claridad de sus decisiones políticas, a su compromiso histórico en favor de una Organización que espera de ella apoyo, ideas, competencias e impulso. A pesar de o debido a las dificultades actuales, las Naciones Unidas siguen siendo indispensables para la paz del mundo. Hay una verdadera influencia francesa: con base en un nuevo compromiso, nos corresponde hacerla que brille.


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