Danza contemporánea, un asunto de mujeres
El boom de la danza contemporánea en Francia en los años ochenta estuvo protagonizado por las coreógrafas Joëlle Bouvier, Catherine Diverrès, Odile Duboc, Maguy

Blowin, creado en 2007.
Marin, Mathilde Monnier y Karine Saporta. Todas ellas pertenecen a la misma generación y todas crearon sus propias compañías entre 1978 y 1983, para luego convertirse en directoras de los Centros Nacionales de Coreografía. Cada una de ellas representa una corriente de esta nueva y prolífica danza francesa.
Catherine Diverrès, la ascesis existencial
Mathilde Monnier, la danza como debate político
Maguy Marin, la teatralidad corporal
Joëlle Bouvier, de dentro hacia afuera
Karine Saporta, una experiencia metafísica
Odile Duboc, la abstracción física
Catherine Diverrès, la ascesis existencial
Radical. Es la primera palabra que se oye cuando alguien habla de Catherine Diverrès. También entregada. De su trayectoria destaca una infancia entre Francia y África y su viaje a Japón en 1983 para conocer a Kazuo Ohno (nacido en 1906), uno de los coreógrafos fundadores de la danza butoh [1]. A su vuelta, su concepción de la danza había cambiado por completo. Más que una disciplina o una actividad física, la coreografía se convirtió en una ascesis interior y la danza en un movimiento del pensamiento. Sus obras dan vértigo, al convocar la danza al borde de un precipicio, el del vacío que la acecha. Y de él sale una fuerza ruda, que oscila entre arrebato y extrema retención, con la misma violencia. Los cuerpos se transforman en caligrafías, emblemas de un mundo subterráneo, trágico y misterioso.
Catherine Diverrès nació en 1959. En 1994 accedió a la dirección del Centro Nacional de Coreografía de Rennes y de Bretaña.

La place du singe,
una creación de Mathilde
Monnier (en la imagen, en
segundo plano) con la escritora
Christine Angot, en el marco
del festival de Montpellier
Danse de 2005.
Mathilde Monnier, la danza como debate político
La política impregna cada uno de sus pasos. Su obra no se limita a sus múltiples creaciones porque su búsqueda está íntimamente ligada a sus opiniones, supera con creces el marco coreográfico y apunta a los modos actuales del "estar juntos". Matilde Monnier es una mujer de encuentros y de colaboraciones diversas con el coreógrafo François Verret, la escritora Christine Angot, el filósofo Jean-Luc Nancy o el cantante Philippe Katerine, todos partícipes de obras sólidas y estructuradas. Como directora del centro de coreografía de Montpellier Languedoc-Roussillon no duda en asumir riesgos y en alterar las reglas establecidas.
Cuando en 2001 decidió abrir el centro hacia el exterior, lo dejó en manos de jóvenes creadores y luchó con ellos para obtener nuevos modos de producción. Sus coreografías, profundamente humanas, son el reflejo de una personalidad inquieta por el prójimo en toda su diversidad. Por ello Matilde Monnier recurre a la improvisación de sus bailarines, que se transforman en motivos, en unas obras con rigor en la escritura del movimiento y con un trabajo muy personal sobre la forma.
Mathilde Monnier nació en 1959.
http://www.mathildemonnier.com/fr/

Groosland (1995),
representada en 2006 por
el ballet de la Ópera de Lyon.
Maguy Marin, la teatralidad corporal
Maguy Marin es una coreógrafa aparte. Empezó su carrera como bailarina del Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart, pero su búsqueda sobre el sentido de la obra y sobre el gesto que la expresa no había hecho más que comenzar, evolucionando hacia un teatro gestual total que combina todas las expresiones escénicas. Como artista comprometida, va hasta el final de sus convicciones. Abandonó la dirección del centro de coreografía de Créteil donde había trabajado durante quince años por Rillieux-la-Pape, un suburbio más difícil de las afueras de Lyon, con la idea de unir el arte y el artista a su público.
Sus obras podrían titularse La condición humana. Desde May B, una de sus obras de referencia, inspirada en Samuel Beckett, hasta sus creaciones más recientes, denuncia sin descanso y con inteligencia el totalitarismo larvado. El resultado es de una fuerza y de una ironía ácidas, en ocasiones azotador. Su gestualidad, teatral aunque muy metida en el baile, expresa una especie de lirismo coreográfico. Sus dos últimas obras son la imagen de su mirada cáustica de la sociedad. Umwelt experimenta las posibilidades de la vida, sus rituales irrisorios, con bailarines que componen escenas violentas, cuerpos golpeados por la guerra, el trabajo o la muerte, y que desaparecen tan pronto como aparecen entre dos filas de paneles espejos. Ha! Ha! Habla de la risa como "lo propio del hombre" y resulta divertidísima.
Maguy Marin nació en 1951.
http://www.compagnie-maguy-marin.fr/

Face à face (2007),
solo Joëlle Bouvier.
Joëlle Bouvier, de dentro hacia afuera
Producto por excelencia de la danza contemporánea francesa, estudió con los pioneros de este arte, Françoise y Dominique Dupuy, en el instituto de formación pedagógica de artes del movimiento. Joëlle Bouvier es una mujer que baila, una mujer intemporal que atraviesa las épocas, las modas y los estilos, una especie de heroína hitchcockiana en el universo de Fellini. Puede ser a la vez la niña impaciente por crecer con sus sueños de vampiresa, la pasionaria, la estrella frágil, la enamorada herida, o incluso la bruja mala cuando elige meter miedo a los niños.
Representante de una danza sensual, vibrante, con pulso y teatralizada, no teme afrontar la violencia de los sentimientos, el drama o el erotismo incandescente. Busca en el instinto una escritura enfebrecida, en la que los cuerpos se entregan al desorden. Carreras, levantamientos bruscos, saltos jadeantes se cuelan bruscamente en el silencio y en las florituras. Enamorada de los ángulos cinematográficos, sabe transfigurar la escena, hacer aparecer en ella el blanco de la nieve o de la espuma, y crear un ambiente onírico.
Joëlle Bouvier nació en 1959.
http://joellebouvier.com/public/
Karine Saporta, una experiencia metafísica
Tras sus estudios de danza clásica obtuvo el doctorado de Sociología en Chicago y orientó su trabajo hacia la imagen. Desde entonces no ha dejado de poner en duda la historia de la danza y del gesto para llevarla hacia un imaginario exhuberante que transporta el espectador a un mundo de demonios y de maravillas. De la extrema lentitud a un dinamismo fulgurante, sus coreografías crean una alquimia del movimiento para traducir verdaderos "estados de alma". Sus puestas en escena son espectaculares, cinematográficas. Saporta es una de las escasas coreógrafas francesas que no desconfían del exceso, de la desmesura.
Su mundo, poblado de mujeres quimeras y de mujeres fatales, de ingenuas libertinas y madonnas voladoras, guerreras lejanas y heroínas románticas, paradójicamente cuestiona la noción de lo eterno femenino. Sus coreografías se alimentan de todas las influencias para alterarlas mejor, hasta el punto de que en veinte años y más de treinta obras lo ha hecho e intentado todo, a menudo mucho antes de que la moda lo acaparase. Circo, cabaret, flamenco, tradiciones populares, hip-hop, danza clásica, barroco, minimalismo repetitivo. Todo se mezcla y se funde en el estilo único de una coreógrafa que reivindica la estética como disciplina filosófica y la danza como mística.
Karine Saporta nació en 1948. Dirigió el Centro Nacional de Coreografía de CCN de Caen Basse-Normandie de 1986 a 2005. Desde entonces se ha lanzado en nuevos proyectos con la apertura de un "laboratorio" Saint-Denis y de un centro que albergará su compañía y sus actividades en París.

Rien ne laisse présager
de l’état de l’eau (2005),
creación de Odile Duboc
y Françoise Michel, que
explora las sensaciones de
deslizamiento, liquidez y
fluidez.
Odile Duboc, la abstracción física
Odile Duboc es hija del aire. La belleza de sus coreografías, muy abstractas, se desprende del instante en el que el gesto se supende en el aire. La danza parece surgir de forma inopinada en una serie de colisiones lentas, tensiones imprevisibles, reacciones dinámicas, haciendo que cada movimiento sea siempre invisible.
En sus coreografías los bailarines tienen apoyos sorprendentes en cualquier parte de sus cuerpos, donde se deshacen de la gravedad, con movimientos que parecen hechos sin el más mínimo impulso, sin impulso inicial. A partir de paros, de saltos repentinos que aceleran el tiempo o lo retienen, de propulsiones, de dejar caer el peso, terminan por modificar la percepción del espacio que tiene el espectador. De creación en creación, combina todas las posibilidades e inventa una libertad del gesto, un flujo continuo, un trabajo sobre la coreografía como si esta fuera una arteria elástica.
Un espectáculo de Odile Jacob es una especie de experiencia meditativa, un sueño. Mucho más allá del cuerpo, busca atrapar el punto crítico que sirve de anclaje en la escritura de la danza. Sin duda por ello sus bailarines (Boris Charmatz, Jérôme Bel, Emmanuelle Huynh, Rachid Ouramdane, Sylvain Prunenec...) se han convertido en representantes de una nueva ola de coreógrafos más "conceptuales" y el centro de coreografía de Belfort que codirige, en una cantera de nuevos talentos.
Odile Duboc nació en 1941. Desde 1990 codirige el Centro Nacional de Coreografía de Belfort.
http://www.contrejour.org/
Agnès Izrine
Redactora jefa de la revista Danser
Creadoras de la ruptura
En materia de danza contemporánea, los pioneros son más bien ellas: Isadora Duncan, Loïe Fuller, Mary Wigman, Martha Graham... y más cercanas en el tiempo, Pina Bausch, Carolyn Carlson o Trisha Brown. Estas coreógrafas, mujeres anticonformistas e individualidades fuertes y molestas, han sabido romper con la estética y los códigos de su época. Han luchado contra los cuerpos "encorsetados" en sentido propio y figurado, y han introducido la idea de un cuerpo sin parcelas, reunido en una armonía con el espíritu. Su aportación ha sido sobre todo la introducción en la danza de una cierta violencia de los afectos y de los gestos. También han contribuido a la creación de un nuevo modelo femenino, fuera de cualquier estereotipo, y han iniciado una democratización de la danza, rechazando el modelo heroico y militar del cuerpo educado, dominando el grupo.
[1] Esta "danza las tinieblas" japonesa nacida bajo las cenizas de Hiroshima, contesta el peso de la tradición nipona y las influencias "modernistas" importadas de Occidente. Sin embargo, también se inspira en el expresionismo alemán, que privilegia la extrema lentitud, y quiere ser una especie de arte de la metamorfosis.



